Manuel Bernal

Manuel Bernal

Manuel Bernal nació en Suipacha en el invierno de 1984. Aquí vivió la mayor parte de su vida, pero como aún le cierra más el movimiento, va y viene y va de nuevo.

Es Licenciado y Profesor de Cs de la Comunicación (UBA). Hace de la docencia su sustento económico y su espacio de transformación cotidiana.

Hizo radio y participó de espacios culturales independientes, como Ahijuna.

También fue parte de Se nos ve de negro vestidos y Parricidas, libros de ensayo publicados por Grupo de Investigación sobre Heavy Metal Argentino.

Piensa que escribir es imaginar mundos posibles. Y vivir es luchar para crearlos.

Texto

Reflejo

Cuando la cinta fue cortada, los aplausos se sumaron hasta conformar un eco generalizado y envolvente, como lluvioso. Unos instantes después fue apagándose, hasta silenciarse por completo. Un sonido agudo y repentino rompió el mutismo de la multitud expectante. Después la voz irrumpió segura. “En esta jornada gloriosa para nuestra ciudad, justo 250 años después de su lejana y mítica fundación, queda formalmente inaugurada la obra más esperada por nuestra comunidad. Un sueño alcanzado, el objetivo cumplido. Un piso por cada año vivido, una nueva apuesta al futuro y al crecimiento de nuestra ciudad. Con ustedes: Torres del mañana”.

El timbre de los dispositivos sonó en simultáneo. Una bandada de pájaros despegó desde los cables tirantes que pasan por sobre la calle principal. Volaron apenas unos metros y se posaron sobre los árboles flacos y amarillentos que proyectan su sombra insuficiente sobre los últimos retazos de pasto de la plaza. Luego de sentir la vibración en su mano, ella miró su pantalla y se vio a sí misma sonriente, bailando en el piso más alto de la torre y con el cielo y con la planicie reseca a sus espaldas. La levantó y la mostró a su mamá, quien no la escuchó porque conversaba entusiasmada con su tío Osvaldo. Le pareció ver que más allá alguien veía una imagen igual. Recorrió con su mirada al público y pensó que todos miraban lo mismo en la palma de sus manos.

Después de esa imagen, que se desvaneció y se fundió con otras, como irreales, una voz que salía de algún lugar impreciso resonó con un tono neutro y de una esperanza sobreactuada. Bajó su mano y miró hacia la construcción. La torre es una obra hecha completamente de flexihierro oxigenado y contiene los últimos avances en arquitectura inteligente. El proyecto llegó a concretarse luego de un acuerdo de toda la comunidad y será, para nuestra ciudad, la posibilidad de convertirnos en el mayor polo de desarrollo comercial y tecnológico del país. La colaboración de nuestros ingenieros, arquitectos, inversores, decía la voz y en simultáneo, sobre la pared vidriada e infinita de la mole, se apagaron las postales de la construcción del edificio y las imágenes ya conocidas de la ciudad de los próximos años. Mezcladas con esa secuencia, comenzaron a proyectarse retratos de otra época. La voz seguía sonando, latosa y distante. Ella se concentró en la proyección y empezó a perder el hilo; las palabras se desvanecieron y no quedó más que un sonido sin forma.

Mientras miraba anonada esos escenarios desconocidos, sintió que esas figuras le resultaban de una familiaridad lejana, como si de alguna manera le remitieran a algo, aunque no lograba saber qué era. Creyó ver en esos árboles frondosos la fisonomía del flamante domo de las actividades educativas; intuyó que el vehículo de madera que pasaba lento y conducido por un hombre viejo de boina, transitaba por el mismo lugar donde ahora construyen el túnel microvial; recorrió la gestualidad detrás de los maquillajes y disfraces de una vieja compañía teatral en algún espacio abierto y verdoso que no logró reconocer, aunque le pareció  identificar la zona del domo de espectáculos y entretenimientos inaugurado unos años antes de que ella naciera. Las imágenes sucedían y aumentaban esa fuerte sensación de irrealidad que la invadía. La algarabía de la multitud, mientras tanto, parecía menguar. Una parte se dirigía a hacer la cola para subir al piso más alto del edificio. Movían sus manos en el aire y las luces de la pantalla se cruzaban entre sí en el aire. Otros expresaban un desasosiego meditabundo. Los retratos gigantes seguían sucediéndose y algunas familias empezaron a girar e irse en silencio, con la vista clavada en el piso, con sus brazos colgando. Ella siguió con su mirada puesta en el frente vidriado. Sobre la superficie limpia e inabarcable vio correr cursos de agua lentos, cansinos y amarronados. También una vieja biblioteca, una carpa colorida llena de niños, una familia disfrutando del paseo de los eucaliptos. Vio una vereda bulliciosa y agitada, repleta de adolescentes con sus bicicletas. Vio boliches silenciosos y oscuros, donde unos hombres miraban de frente, con una mezcla de soledad y alegría. Vio operarios volver a sus casas, cansados y risueños, en un atardecer plomizo.

Cuando la proyección finalizó, notó que estaba sola. Decidió sentarse en el cordón de la vereda y se quedó mirando los vidrios que subían simétricos hasta incrustarse en el cielo, perforándolo, llevándolo más allá. Mientras miraba el reflejo del día luminoso en la mole vidriada se preguntó por primera vez por el tiempo. Sintió que era algo de lo que se hablaba poco, demasiado poco. Como si el transcurrir de las horas no fuera más que una excusa para una promesa que esperaba siempre más allá. Como si en la posibilidad de un mañana se jugara todo lo importante, aquello que vale la pena y los días vividos no fueran más que un lastre, un trámite aburrido y necesario. Y miró de nuevo esa pared interminable y la profundidad de todo el cielo reflejada allí. Más atrás, como en el fondo de esa superficie espejada, avizoró una sombra moviéndose. No era más que un trazo opaco que cortaba el brillo enceguecedor. Solamente eso. No más que una mancha. Apenas una nubecita con la fisonomía de una opción. Con la forma de una duda. La voz seguía hablando. Ya nadie quedaba para escucharla.